Por: Elia Isabel Rojas Núñez
Más de una vez me siento expulsado y con ganas
de volver al exilio que me expulsa
y entonces me parece que ya no pertenezco
a ningún sitio, a nadie.
¿Será en indicio de que nunca más
podré no ser un exiliado?
¿Qué aquí o allá o en cualquier parte
siempre habrá alguien que vigile y piense,
éste a qué viene?
Y vengo sin embargo tal vez a compartir cansancio y vértigo
desamparo y querencia
también a recibir mi cuota de rencores
mi reflexiva comisión de amor
en verdad a qué vengo
no lo sé con certeza
pero vengo.
Mario Benedetti
Imagina la escena: una chica de tez morena, cabello chino de color negro a la nuca, ojos café oscuro medianos y hundidos, con un lunar en la frente del lado izquierdo; sentada a media noche a la mitad de su cama junto al aire producido por un ventilador, escribiendo este ensayo. –Ahora piensa, mismo momento mismos minutos– él tan sólo tenía 18 años -¿aspiraciones?- no tenía más que su pueblo el lugar más bello del mundo –como lo llamaba–, donde el clima era caluroso. Sin embargo, ahora yacía tirado boca abajo tras un arbusto a la luz de la luna, fatigado después de cinco interminables horas bajo el incandescente sol del desierto; sin más deseos que el de ser libre del otro lado, -sí cruzar la frontera construida a base de prejuicios y un dejo de xenofobia.
Según Bastidas Sabino haciendo referencia al libro de relatos del escritor Carlos Fuentes menciona, “la frontera entre México y Estados Unidos: grande, 3,152kilómetros en su mayoría marcados por el cauce de un río que al norte es conocido como río Grande y al sur como Río Bravo. Ahí empiezan las desavenencias y los desencuentros”, en una frontera bastante extensa, la cual no sólo divide físicamente sino ideológica también.
Ella escribía para cumplir con su tarea y le gusta (la sociedad dicta: tener una carrera, para vivir cómodamente), también poseía la oportunidad y los medios, pero él –había dejado de soñar desde hacía ya varios años- llegó tan sólo a la primaria, donde no te enseñan más allá de las tablas, sumas, restas, leer o escribir; donde las grandes enseñanzas de la vida no se hacen presentes. Ahora sólo le queda cruzar el inmenso río junto con personas similares a él; con un costal de recuerdos diferentes, una mochila invisible en la que sólo cabe la memoria particular de cada uno de ellos y la pena por dejar ir sus sueños como el agua de aquél rio.
Pena, vergüenza, orgullo, ella diría falta de identidad. No basta con que él sea fuerte y osado, le faltan sus raíces, el orgullo por su patria, esa patria que en pleno siglo XXl no provoca emoción alguna. Por eso se fue, en busca de mejores oportunidades –frase trillada en la actualidad– pero, ¿por qué no crear las oportunidades?; olvidarnos del conformismo, de los estereotipos instituidos del otro lado, aquellos que dictan y describen al mexicano como el típico charro de la edad de oro, -eso sí, gordito y no tan guapo-.
Ella sentía los ojos más pesados a cualquier noche, él sólo necesitaba un poco de agua, ella se detenía a pensar la mejor idea para plasmarla en su ensayo, él mantenía la respiración en medio de la fría noche para evitar ser descubiertos.
Sentir vergüenza de ser quienes son o de no ser lo deseado; pena por lo mencionado en el cuento la frontera de cristal: “dicen que los negros si fueron a la guerra. Pero los mexicanos nunca. No eran ciudadanos. Eran cobardes, eran mosquitos que le chupan la sangre a los USA y se regresan corriendo a mantener a sus indolentes paisanos”. Basta de regodearte en la holgazanería, alto al conformismo. Es momento de actuar y olvidarte de las utopías, convierte la palabra escrita en algo palpable y trascendente.
Ahora la chica con sus primeras líneas en el papel, recuerda un viejo cuento y decide el tema de su ensayo; él no olvida una frase del cuento la pena y se identifica con ella (sin ambigüedad, cada quien ve lo que quiere) “Todas las noches, Juan Zamora tiene exactamente el mismo sueño. A veces, quisiera soñar algo distinto”.
Ramón Gómez de La Serna menciona “el otro lado del río siempre estará triste de no estar de este lado. Esa pena es de lo más insubsanable del mundo y no se arregla ni con un puente”. Para evitar dicho sentimiento asegúrate de tener la certeza por la cual estas en este mundo; de conocer a ciencia cierta la columna vertebral de tu vida y conseguir ser alguien honesto, evitar rencores y envidias, erradicar las fronteras.
Al transcurrir los minutos más lentos de su vida recordó su gusto por la poesía, pensó en el tiempo y la práctica, en su satisfacción al grado de no poder dejar los poemas; las palabras se acomodaban solas en su cabeza y luego, únicamente tenía que escribirlas y contarlas al aire, o a quien quisiera escucharle, o a nadie. Pero, ¿por qué nadie le había explicado cuánta gente estaría allí para escucharlo? ¿Por qué nadie le dijo que no importaban las cosas materiales, que ello no significaba la victoria? ¿Por qué nunca lo convencieron de su habilidad para entender que él también podía ganar?
El México de la actualidad está en constante cambio; algunos con fines de mejorar, pero otros sin la mínima intención. Los problemas existentes son como ese cáncer que consume poco a poco. Enferma al individuo, lo deprime, lo destruye. La raza humana debería sentir pena por ella misma, pues es la responsable de las desavenencias de su irresponsabilidad. Por eso el sentir pena está de más.
Ojalá su maestro suplente estuviera allí, él lo conocía y seguramente le aplaudiría. Su turno. Mario Sánchez (tan solo Sánchez) con su poema “La Esperanza”. Tres pasos al frente respecto a los demás, sus zapatos no sonaban bien, sonaban a zapatos rotos, el auditorio era tan grande, como poner cien veces su casa allí dentro –¡o más!- cerrar y abrir los lentamente, llenar los pulmones de aire…y nada. El silencio más largo del mundo y las lágrimas de un Mario solo como nunca antes. El final de su espíritu y su vida en la escuela, tal vez el final de muchas más cosas.
A veces el sentir pena es normal, pero cuando te avergüenzas de ti mismo, el problema es grave y creo que México y la apatía de los suyos provoca el rezago de unos y el hartazgo de otros; por eso se considera importante lo escrito en el texto Romper la frontera de cristal de Bastidas Colinas:
[…] México necesita trabajar muy pronto en Estados Unidos para tratar de construir una visión distinta, […] convencer a todos de ambos lados de la frontera, que la seguridad, la verdadera seguridad, la de largo plazo no la dan los muros, sino las escuelas. Es necesario, es urgente, romper la frontera de cristal
Dejó de recordar, lo único deseado era salir de ese terrible lugar, despertar de la pesadilla, se reprochaba su propia lastima y el haber sucumbido a ese silencio de aquel salón. De caer ante la pena. Ahora ambos tenían el corazón lleno de sueños y sabían que “todas las épocas eran difíciles, pero ésta más que ninguna. Porque ahora seguía habiendo necesidad. Pero también había odio”. Ella no podía dejar de escribir y él hubiera deseado hacer lo mismo, sin embargo ahora lo único que deseaba era un vaso con agua fría, agua que le refrescara inclusive el alma.
Llegó el momento de no sentir pena, de brincar los obstáculos, olvidar las quejas; es hora de aprender a vivir, a disfrutar, de hacer las cosas bien. La solución está en la única raza –la humana–. Basta de lo mismo de siempre:
Al norte del río grande, al sur del río bravo, plumas emblemáticas de cada hazaña, cada batalla, cada nombre, cada memoria, cada derrota, cada triunfo, cada color al norte del río grande, al sur del río bravo que vuelen las palabras pobre México, pobre Estados Unidos, tan lejos de Dios, tan cerca el uno del otro.
Por fin, terminó su ensayo y escribió lo siguiente: ella se durmió en un sueño muy profundo, de aquellos que al despertar lo único que piensas es en que si te hubieras muerto esa noche ni cuenta te hubieras dado, esos dónde el alma permanece en su lugar. Él ya no sintió pena, la esperanza por su mundo mejor se desvanecía como el rocío de la mañana, ya no sintió nada.
El frio le carcomió hasta los huesos, el hambre deshizo sus intestinos y el sol – el cual no brillaba más– a la mañana siguiente los primeros rayos cubrieron su cuerpo… ya sin vida.
Éste me gustó mucho en aquel entonces :'(
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